Yo me toqué a tiempo

“¡Tócate!” es la consigna del día. Pasamos la prueba y respiramos hondo, ¿pero qué hacer cuando al tocarte consigues un bultito fuera de lo normal? Ese fue mi hallazgo en enero de 2011.

Sientes un vacío en el estómago. Piensas inmediatamente en todo lo que podrías estar atravesando los próximos meses, los síntomas empeoran de un segundo a otro y experimentas terror. El paso lógico e inmediato es ir al médico.  Todo lo que te rodea importa menos a partir de ese momento.

En mi caso, vivo en una ciudad pequeña y el médico más calificado para atenderme estaba de vacaciones, ¿qué puedo esperar en enero?, su agenda estaba llena hasta febrero. ¿Cómo dejar que siga pasando el tiempo? Si algo me ha quedado claro es que los quistes y los nódulos crecen rápido y cada día cuenta.

Viajé a la ciudad más cercana para que un especialista me revisara. Los días que transcurrieron entre el descubrimiento de esa pelotita en mi mama izquierda hasta el día que el doctor pudo verme, fueron difíciles, realmente difíciles para mí. Traté de mantener la calma, pero de pronto, todo dolía más, tanto que ni podía dormir recostada en mi brazo izquierdo.

Me atendió primero una doctora. Me pidió que retirara mi blusa y mi sostén. Seguí sus intrucciones, me acosté en la camilla y soporté valientemente el gel helado que untó en mis pechos. Allí, con los brazos hacia arriba y las manos debajo de mi cabeza, con la cara volteada completamente hasta el monitor, y desarmada, empecé a entender esa imagen en blanco y negro.

La doctora repasó una y otra vez cada ganglio, cada mama, identificó el motivo de mi preocupación. Entretanto, pensaba… ¿cuándo fue la última vez que me hice un eco mamario? ¿2008? Habían pasado dos años. ¡En dos años puede pasar de todo!

“Tranquila, sólo es tejido inflamado”, dijo la doctora mientras me explicaba con detalle lo que estábamos viendo en la pantalla, lo imprimió, me pidió que me vistiera y tomó todos mis datos. Ya podía pasar con el doctor.

El especialista me explicó el porqué de esa inflamación que, al tacto, se sentía como una pelotita. Al parecer, un cambio de pastillas fue el detonante de ese crecimiento anormal del tejido. Pero, además, me recalcó la importancia de consumir menos lácteos, chocolate y bebidas oscuras, y de hacerme un eco mamario al año hasta que pase de los 35, cuando hay que empezar a hacerse mamografía también.

El alivio de saberme sana me devolvió la tranquilidad e, inmediatamente, el dolor disminuyó. Sólo fue un susto, o de pronto, una alarma. Pero, además, la experiencia me hizo ponerme en los zapatos de quienes luchan,  de verdad, contra el cáncer en sus mamas. Siento profundo respeto y admiración por esas mujeres que atraviesan durante meses, y hasta años, la incertidumbre y el miedo que yo pasé por un par de días. Son fuertes, son de acero.

Por eso dejé crecer mi cabello durante un año y medio. Dejé crecer mi cabello para poder hacer con él una peluca que, si bien no va a aliviar el dolor, contribuirá a que una de esas tantas luchadoras allá afuera se sienta más linda allá afuera, pero sobre todo, más apoyada. Fueron 40 centímetros donados a SenosAyuda con todo el amor del mundo.

De pronto, lo que para ti es vanidad, para otra mujer es un apoyo valiosísimo durante su batalla. Ayuda, verás lo feliz que te vas a sentir por hacerlo 🙂

Desde entonces, cambié mis hábitos alimenticios, entendí cómo funciona mi organismo, dejé de consumir muchos de los alimentos y productos que hacen daño y tomé las riendas de mi salud. Tócate, pero no es suficiente. Cambia tu vida.

 

 

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Adoptar a una mascota

Recuerdo haber visto a mi papá entrar al estacionamiento de la casa con una cachorrita mestiza en los brazos. Él la había rescatado de la calle, donde ella estaba expuesta con su mamá y sus hermanitos. Aunque mi mamá no estaba muy contenta con la idea de sumar un miembro a nuestra familia, la aceptó y decidimos cuidarla.

Esa perrita se llamó Cona, así la bautizó mi papá… Y fue la mascota más fiel del mundo. Protegió nuestra casa -y a nosotros- cuando ésta no tenía rejas, y se creó fama de guardiana en nuestra calle. Todos la amamos mucho, hasta el día que murió.

Luego tuvimos dos perritas, ambas de raza. Pero en el camino, mi papá se ha encargado de rescatar a -por lo menos- tres más. Recuerdo cuando mi hermana estaba en el colegio y apareció una perrita herida en la plaza… los niños le tiraban piedras al animalito y mi hermana no aguantó la indignación. De regreso a casa la recogió con mis padres y se la llevó a mi bisabuela. Ella se encargó de recuperarla y hacer que creciera fuerte y sana.

Y ese ha sido nuestro ejemplo… Nuestros padres nos enseñaron a amar a los animales, a no permitir que nadie los hiera y si es necesario llevarlos a casa, recuperarlos y darlos en adopción, lo hacemos…

Les cuento todo esto porque recientemente, sin planearlo, mi hermana y yo hemos llevado a cabo una labor con las gatas paridoras del edificio… Todo comenzó cuando mi hermana se dio cuenta de que debajo de un carro había una gata con tres mininos pequeñitos. Los cuidamos y dimos en adopción a la que quedó. Y lo hemos seguido haciendo con otros casos.

Hace poco, otra gata parió. Fue uno o dos días antes de terminarse el 2010. Sus tres bebés son la camada más linda que puedan imaginar. Y mi hermana, unos vecinos y yo nos ocupamos de darle de comer a la gata y vigilar a sus gatitos. De repente, cuando ellos (bueno, ellas, porque son tres gatitas) tenía dos semanas, alguien se los llevó. Fueron dos semanas sin saber nada de las mininas… Hasta que me llamaron para decirme que habían aparecido 😀

Sólo conseguí a dos… A la peleona, que siempre que íbamos a visitarla nos gruñía, y a su hermana gordita, que hace todo lo que ella hace. Me las traje a casa y ya di a una en adopción. Su cuidadora es una hermosa niña que acaba de perder a su gata… Y yo me quedé con la otra. La llamé Olivia.

Olivia es una preciosura. Cuando su hermana se fue empezó a pegarse conmigo… Me persigue por todo el apartamento, me acompaña mientras trabajo en mi computadora, se acuesta en mis pies… ¿cómo no amarla? Es una compañía adorable.

Si alguno de ustedes puede hacer algo por los animalitos que los rodean, no lo duden. Los humanos requieren ayuda, pero los animales también, y ustedes se sentirán aún mejor que ellos por ayudarlos. Enséñenles a sus hijos que hay que tener respeto hacia cualquier ser vivo… crecerán mucho más sensibles y cuidadosos.

 

Un delito muy ingenioso

Si eres venezolano posiblemente tengas tu propia historia de robo o puedas contar la de algún familiar o amigo. Hoy yo te contaré mi experiencia…

A la mayoría de la gente, por lo general, la asaltan con un arma. Algunas personas sólo resultan ilesas físicamente, otras terminan en el cementerio. Pero en mi caso, no vi al ladrón, no me enfrenté a una pistola o a una navaja… Fui víctima de un robo silencioso: algún genio clonó mi tarjeta de débito.

El pasado miércoles, 10 de noviembre de 2010, pretendía pagar el teléfono de mi apartamento como todos los meses. Pero antes de hacer la transacción le eché un vistazo a mi cuenta corriente por Internet. ¡Sorpresa! ¡No había dinero! (Miento, sí había: Bs. 18,00. Eso fue lo que me dejó el ladrón).

Revisé cada uno de los movimientos registrados y reconocía perfectamente todos, menos el último. Llamé al banco y pedí hablar con un operador, le conté lo sucedido y confirmé que no había ningún error… El monto había sido retirado de un cajero automático. Pero, ¿cómo? ¡Si yo tengo mi tarjeta de débito en la mano!

Terminé la conversación con un número de reclamo y una diligencia bancaria pendiente (y en pleno cierre de edición… quienes me conocen saben que apenas si dejo tiempo para comer y ducharme cuando estoy en eso).

Así que, un día más tarde fui al banco. Llevé una carta en la que solicitaba la devolución de mi dinero. La promotora que me atendió no se extrañó en lo absoluto con mi petición. Acaba de pasar por lo mismo que yo. A ella le hicieron retiros de su cuenta mientras trabajaba y a mí, mientras cocinaba el almuerzo en mi casa, porque el retiro fue hecho a las 12:39 pm el día lunes, 08 de noviembre de 2010.

Finalmente, la promotora apuntó mis datos, aceptó mi carta y la selló… Sólo espero que realmente me reintegren mis cada vez más devaluados bolívares.

Pero como todo lo que nos sucede es aprendizaje para nosotros y para los demás, quiero explicarles que, primero, quien me robó es -muy probablemente- un hacker. También pudo haber sido cualquiera de las cajeras que me atendió entre los días viernes y sábado previos al robo…

Como sea, les recomiendo cambiar su clave semanalmente y que chequeen frecuentemente sus movimientos bancarios a través de Internet. Asimismo, nunca pierdan de vista su tarjeta de débito.

Si llegan a ser víctimas de un robo así, llamen al banco cuanto antes e inmediatamente vayan al cajero más cercano y modifiquen su contraseña (quienes manejen su cuenta en línea hagan lo propio con la clave telefónica). Y lleven una carta de reclamo al banco y especifiquen que desean la devolución de su dinero… La promotora me comentó que muchos no lo hacen y por eso jamás recuperan su capital.

Honestamente, no sé cuál podría ser la solución para estar a salvo del hampa en este país. ¿Guardar el dinero en un cochinito? ¿Debajo del colchón? ¿Repartirlo entre varias cuentas? ¡Qué sé yo! Lo cierto es que así como yo hice mi reclamo, el chico que venía detrás de mí en la cola iba a hacer lo mismo. Y desde entonces no he dejado de oír historias similares.

En esta oportunidad fue la tarjeta de débito y con un monto pequeño, gracias a Dios. Pero el año pasado, para estas fechas, me robaron algunos miles de bolívares que mucho me costaron ganarme. Fue de un modo elegante también: fui estafada. Pero esa historia la estoy guardando para otro post

Ojalá la sociedad venezolana fuera así de brillante para sacar adelante al país y no para idear cada vez formas más ingeniosas de quitarle lo suyo a los demás.

Yo soy periodista

“De todas las vocaciones del hombre, el periodismo es aquella en la que hay menos lugar para las verdades absolutas. La llama sagrada del periodismo es la duda, la verificación de los datos, la interrogación constante. Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta. Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo”.

 

 

Lo anterior fue pronunciado por Tomás Eloy Martínez en una asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) el 26 de octubre de 1997 en México. Y para mí ese párrafo sostiene la base de mi carrera.

Cuando decidí ser periodista lo hice por “mi preocupación por el país y mis ganas enormes de vencer el vértigo y tirarme al vacío sin importar nada. Escogí esta carrera porque fueron justamente los conflictos que atravesaba, y aún atraviesa Venezuela, los que me hicieron tomar parte y ayudar de la mejor forma que sé: denunciando, escribiendo e informando”. Esto lo escribí hace cuatro años, mientras cursaba mi último semestre en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab).

En la Ucab aprendí que un periodista es, antes que todo, un ser humano lleno de subjetividades, pero también un investigador y que la palabra es nuestra herramienta inseparable. “El compromiso con la palabra es a tiempo completo, a vida completa, también dijo Tomás Eloy Martínez el su conferencia ante la SIP.

Los periodistas tenemos el don de administrar la palabra y hacer de ella el vehículo de expresión de lo que presenciamos. Somos nosotros quienes documentamos la historia diariamente y quienes, con la información que proveemos, colaboramos a construir país, pero también a mostrarlo tal cual es. Estamos conscientes del alcance de cada palabra que tecleamos, que pronunciamos ante un micrófono o delante de una cámara.

Nuestra profesión es realmente una vocación, corre por nuestras venas, es una actitud de vida… No se equivocó el Gabo cuando dijo que éste “es el mejor oficio del mundo”.  Pero me preocupa la apatía de quienes se están formando en las aulas, su desconocimiento de las reglas básicas de ortografía —tan indispensables para expresarnos y darle el significado justo a cada oración— y de la historia; la desestimación del ejercicio simple de la corroboración; el desánimo patrocinado por sueldos miserables y que las aspiraciones profesionales alcancen un techo muy bajo. Me aterra la autocensura y las restricciones a la libertad de expresión, pero estas me retan cada día más.

Sin embargo, apuesto a la evolución. Me emociono con cada periódico nuevo, con cada programa de radio o televisión, con cada página web. Porque si bien es cierto que a veces pueden aterrarnos sus errores o desaciertos, también es verdad que son el primer paso para trabajar duro y lograr la excelencia. 

Felicitaciones a mis colegas porque hoy, 27 de junio, celebramos el Día Nacional del Periodista Venezolano y es propicio para reflexionar sobre nuestra labor. Ser portadores de este título es un honor… Asumámoslo con responsabilidad, ética y curiosidad. Un buen periodista nunca pierde su capacidad de asombro.

 

Pánico en Orinokia Mall

Los venezolanos vivimos en paranoia. Y no es para menos. El sábado pasado, 05 de junio de 2010, el centro comercial Orinokia Mall

estaba muy concurrido, como es costumbre cada fin de semana en Ciudad Guayana. De pronto, la gente comenzó a correr desaforadamente.

No sabíamos qué sucedía. Pero al ver a los demás huír, nosotras también lo hicimos. Yo no oí disparos, no vi a nadie atracar a otra persona. Simplemente, en fracción de segundos, recordé que el 29 de abril de este año mataron a un sindicalista con 20 disparos en una de las salidas de ese mall. Así, a la vista de todos.

También llegó a mi mente el recuerdo de todos los bancos asaltados durante el 2008 y el 2009 en ese centro de compras. Así que, no había tiempo de averiguar y mi hermana, mi amiga y yo, nos resguardamos en una tienda.

Confusión

Tras unos dos o tres minutos, se volvió a oír movimiento y había más gente corriendo descontroladamente; otros estaban tirados en el piso. Había llegado la policía. La encargada de la tienda donde estábamos nos decía: “Llevan cargada a una mujer embarazada”.

En medio de la locura, yo había informado a mis seguidores de Twitter que había una situación irregular en Orinokia Mall. En seguida recibí un mensaje tranquilizador, e indignante al mismo tiempo, en mi BBm.

Mi amiga María de los Ángeles, periodista del periódico Correo del Caroní, me informaba: “Vane, tranquila, ya puedes salir de allí. Germán (periodista de sucesos del mismo diario) me acaba de decir que sólo se trató de unos niñitos que lanzaron fosforitos“.

Indignación

Los “fosforitos” son una clase de fuegos artificiales que se usa en época decembrina. Estos se encienden,  se lanzan al piso y el ruido que generan es similar al de los disparos de un arma. Eso fue lo que oyeron quienes estaban alrededor y, aunado a los pésimos antecedentes de seguridad en el mall, pues… Se generó el caos.

Es muy fácil perder el control porque vivimos en un país donde nadie nos garantiza nuestra seguridad en ningún sitio. Y, lamentablemente, los niños no previeron las consecuencias de su mala broma.

Sólo espero que sus padres los hayan castigado por unos meses… Entretanto, yo sigo asustada y planeo seguir evitando el mall (y casi todos los sitios ajenos a mi hogar) por un tiempo más.

Todo por mi pasaporte

Evite ir los lunes al Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (SAIME). Yo pasé por alto mi propia advertencia y hoy, mero lunes del último mes de mayo de esta primera década de siglo, me vi atrapada en una situación inverosímil.

Tenía que buscar mi pasaporte. Así que, emprendí el viaje a

San Félix, donde queda la nueva oficina, y conmigo sólo llevaba mi papelito de retiro acompañado por mi cédula de identidad.

Aspiraba, simplemente, entrar a la sede, refrescarme con el aire acondicionado y solicitar el documento en alguna ventanilla. Pues, no. Esta vez no sería tan fácil como cuando saqué mi cédula o hice mi pasaporte; buscarlo sería una pequeña odisea.

Acceso denegado

Llegué y, en contraste con mis expectativas, tuve que luchar con un grupo de personas para poder preguntarle al funcionario de la puerta  cuál era el proceso para retirar mi licencia. El caballero titubeaba y balbuceaba regaños hasta que me señaló a un chico que, al igual que yo, forcejeaba con el resto para ingresar a la oficina.

“Dale el papelito a él”, me dijo señalando al joven rubio y musculoso que llevaba, por lo menos, dos docenas de solicitudes en la mano. Le hice caso. Y el muchacho se adentró en ese recinto al que yo no podía entrar. Yo me quedaría afuera con la plebe, aguantando casi 40º de calor mientras esperaba respuesta…

Allí, entre toda esa gente tan distinta entre sí, les escuchaba murmurar sus quejas: “¿Tú crees que hay derecho, manita?”; “por eso este país está como está”; “ya nos acostumbramos a hacer cola para todo”… Pero sus comentarios se diluían entre los vallenatos que se mezclaban entre sí.

“Vane in Crazyland”

Yo intentaba comprender, entre el caos y el bululú, por qué otras veces todo había sido tan sencillo y por qué hoy era tan complicado. Pensé: ¡es lunes! Sí, los venezolanos todo lo comenzamos los lunes. Cuando no, todo lo dejamos para última hora.

Pero el portero me interrumpió mis reflexiones para advertirme que debía esperar al costado del lugar (creo que intentaba deshacerse de mí). Como la oficina está situada en un centro comercial, donde también convergen otros departamentos públicos, el sitio para repartir los pasaportes era un hueco -literalmente- al frente de las escaleras, donde se arreglan zapatos (y creo que hasta se lava ropa por encargo).

Yo no era la única sorprendida por la improvisación de nuestras oficina públicas. Todos nos mirábamos atónitos, pero con leve resignación… A la vez con cierta desconfianza, sujetando duro las carteras porque la zona es peligrosa.

Increíble. No había ni siquiera una ventanilla, sólo un hueco con una mesa y una silla, ambas de plástico. Y allí se sentaría, en una hora aproximadamente, el chico que se había llevado consigo mi constancia del trámite.

Los que esperábamos nos organizamos con la ayuda de un trabajador del lugar. Nos aclaró que quienes debían entregar el papelito tenían que hacer una cola; quienes sólo esperábamos nuestro pasaporte debíamos esperar sentados donde quisiéramos. Así hicimos, hasta que llegó el funcionario que haría la entrega.

Y NO es NO

Era alto, fuerte, y tenía la voz ronca. Altivo, malhumorado, sabía que tenía en sus manos el poder. En vez de aclarar que nos llamaría uno por uno, decidió que debíamos hacer una cola… Se generó el caos. El señor decidió, cual niño rabioso, que se iba y que no entregaría nada. No escuchaba razones, a pesar de que intentamos explicarle el orden establecido previamente.

Ahora la molesta era yo. La gente, entre quejas y palabrotas a medio decir, hizo la cola. Cuando el funcionario de mal carácter dio por complacido su deseo, se sentó y comenzó a hacer la entrega… Obviamente, pasé a ser la última de la fila…

Periodista e inquieta al fin, acudí a un guardia nacional que parecía un papá compresivo. Le expliqué la situación y él, de buena gana, me pidió mi cédula y me ayudó a retirar mi pasaporte en el turno que realmente me correspondía… No todo fue tan malo.

Salí de allí con la diligencia hecha. Pero también con decepción… La improvisación, el desorden, el desgano y la falta de sentido común entorpecen el trabajo institucional, demoran las demandas de los ciudadanos y dificultan el desarrollo de un país.